Hay mañanas en las que el aire de nuestro colegio cambia de textura, volviéndose más brillante, casi eléctrico. El 17 de marzo no fue la excepción. La verdadera magia no estuvo en el calendario, sino en un vínculo improbable y hermoso: la Generación 2026. Estos jóvenes, que ya vislumbran el final de su propio camino escolar, se convirtieron en los guardianes de la alegría. Ver a un alumno de cuarto medio, transformado por un disfraz y una sonrisa cómplice, inclinarse para recibir a un pequeño de pre-básica, es presenciar un acto de ternura pura. En ese instante, la diferencia de edad desaparece; sólo quedan dos san patricianos compartiendo el asombro.
Tradiciones del Día de San Patricio
El portal de la entrada se tiñó de un verde esperanza, un color que parecía brotar de cada rincón. Pero el corazón de la historia se escondía en los gestos mínimos, el brillo en los ojos de un niño al recibir una moneda de oro de chocolate, entregada como si fuera el tesoro más valioso del mundo. No era solo dulce y papel dorado; era un símbolo de bienvenida, un «aquí perteneces» sellado con música celta y el clic de una selfie que capturaba un instante de felicidad eterna.




Mientras la mañana avanzaba, nos detuvimos a escuchar. La historia de San Patricio no fue solo un relato de fechas, sino una lección sobre el espíritu de comunidad. Aprendimos que el legado de un hombre puede vivir siglos después en las risas de «duendes» que brincan de un lado a otro, recordándonos que la fe y los valores son la brújula que nos guía.




Al final, cuando la música se desvanece y los disfraces se guardan, lo que queda es la esencia de nuestra familia educativa. Este día nos recordó que el colegio es mucho más que salas de clases; es un refugio de tradiciones donde cada estudiante, desde el más pequeño al más grande, es una pieza vital de un rompecabezas de amor y pertenencia. Porque en este rincón del mundo, bajo nuestro propio arcoíris, el verdadero oro es el recuerdo de haber sido felices juntos.