Imaginen la escena. Estamos en Playa Llacolén, una franja de tierra donde el desierto más seco del planeta se encuentra de golpe con el Océano Pacífico. El viento sopla con fuerza, arrastrando la sal y la arena. En el suelo, un grupo de niños sostiene pequeños brotes verdes con una delicadeza asombrosa. Apenas unos kilómetros más allá, donde el agua se vuelve azul profundo, una gigantesca ballena emerge para respirar, lanzando un chorro de agua hacia el cielo.
Dos mundos completamente diferentes, separados por un par de metros de orilla, se unieron el pasado 20 de mayo de 2026. Allí, los estudiantes de la academia de Forjadores Ambientales del Colegio San Patricio decidieron celebrar el Día Internacional de la Biodiversidad de una forma poco común: ensuciándose las manos y descifrando los secretos ecológicos de su propio patio trasero.
El secreto para hacer brotar un oasis en la sal
Hacer que un árbol crezca junto al mar en Antofagasta suena a ciencia ficción. La sal quema las hojas, el sol evapora el agua en minutos y el suelo parece rechazar la vida de forma natural. Pero los Forjadores Ambientales no ven un terreno hostil; ven un laboratorio técnico.
Para vencer las apuestas del clima, los estudiantes contaron con un equipo de aliados de primer nivel: los profesionales del Jardín Botánico de Aguas Antofagasta. En medio de la arena, los expertos desplegaron mangueras, conectores y válvulas, revelando el "sistema circulatorio" que mantendrá vivos a los árboles: un sistema de riego por goteo automatizado de alta eficiencia.

Los niños no solo escucharon la teoría sobre la gestión del agua en entornos extremos; observaron cómo la ingeniería puede aliarse con la naturaleza. Con pala en mano y un entusiasmo contagioso, aplicaron cada lección teórica para plantar, una a una, especies arbóreas especialmente adaptadas al litoral.
¿El objetivo real? Crear un legado ciudadano. En unos años, estas pequeñas raíces se convertirán en un frondoso árbol costero que protegerá y brindará sombra al sendero didáctico de Llacolén, transformando un espacio árido en un refugio fresco donde cualquier habitante de Antofagasta podrá pasear y aprender.


Vecinos colosales y el micro-mundo bajo las rocas
Pero la aventura no terminó en la tierra. Justo a un costado del sendero, el Centro Educativo del Mar (CEM) de la ONG Desierto Azul abrió sus puertas para revelar a los estudiantes un misterio que suele pasar desapercibido para los habitantes de la ciudad.
A menudo pensamos en las ballenas y los delfines como criaturas lejanas, habitantes de documentales de televisión o de océanos remotos. Sin embargo, la ciencia local cuenta una historia completamente distinta: estos gigantes marinos son vecinos habituales de Antofagasta y nadan frente a nuestras costas de forma constante.
Los Forjadores Ambientales se sumergieron en un viaje lúdico de exploración, interactuando con colecciones biológicas reales, osamentas y figuras didácticas en un recorrido al aire libre diseñado para encender la curiosidad científica. Aprendieron cómo funcionan los organismos bentónicos —esos pequeños seres que habitan el fondo marino— y cómo las corrientes de nuestra región atraen a los mamíferos más grandes del planeta.


La gran revelación de la jornada llegó en segundo plano a través del lente de Alex Sánchez, un apasionado fotógrafo y observador de cetáceos de la zona. Sus imágenes, expuestas en el centro, capturan el momento exacto en que colas monumentales y lomos brillantes rompen el agua frente a Antofagasta. Para los niños, ver esas fotografías no fue solo apreciar arte; fue la prueba científica y gráfica de que el océano que ven desde la ventana de su colegio está profundamente vivo.
Un manifiesto en el Día de la Biodiversidad
Esta expedición a Playa Llacolén dejó algo muy claro: el sello de Colegio Verde de San Patricio no es un folleto colgado en un muro, sino una brújula ética para sus alumnos.
Que esta jornada científica haya coincidido con el Día Internacional de la Biodiversidad no es un detalle menor. Recordó a los estudiantes —y nos recuerda a todos— que la protección del planeta no ocurre en conferencias internacionales lejanas; ocurre cuando un niño decide cuidar el entorno de su propia ciudad, comprendiendo el valor del agua y respetando a las especies con las que comparte el territorio.

El sendero didáctico de Playa Llacolén ya está en marcha. Desde el Colegio San Patricio, extendemos una afectuosa invitación a todas nuestras familias a visitarlo, caminar entre los árboles que nuestros estudiantes plantaron y mirar con atención el horizonte costero. Al fin y al cabo, cuidar nuestro hogar comienza por descubrir la maravillosa e inesperada vida que se esconde en él.