Son las once de la mañana y el Patio Griego del Colegio San Patricio huele a cartón y a témpera fresca. Un niño de sexto básico, con una sonrisa traviesa y marcador todavía en la mano, espera con paciencia a que su compañera termine de tirar el dado hecho con un envase de yogurt reciclado.
—Cayó en el tres— dice ella, sonriendo mientras calcula.
—Ahora elige el camino de los decimales— responde él, señalando con orgullo un tablero pintado a mano.
Ninguno de los dos tiene más de doce años. Ambos llevan semanas construyendo esto, con la misma dedicación con que un artesano cuida su oficio.
Un semestre que se aprende jugando
El primer semestre 2026 en el Colegio San Patricio no cerró con una prueba más. Cerró con una mañana entera en que los estudiantes de 5° y 6° básico, cursos A y B, se convirtieron en anfitriones de sus propios juegos matemáticos: ideados, probados y bautizados por ellos mismos, con nombres que solo cobran sentido cuando uno se detiene a preguntar.
Hay una variedad de propuestas repartidas por el patio, cada una con su sello propio. La Zona de Laberintos de Cocientes, donde hay que resolver una división para avanzar una casilla. El Supermercado Matemático, con precios de mentira y vueltos que hay que calcular de verdad. El Pinball Matemático, donde una canasta vale más o menos según el resultado de una operación. Cada mesa tiene su grupo de creadores, y cada creador tiene lista una explicación cálida y segura para el próximo curioso que se acerque.




Nadie les pidió que memorizaran un discurso. Pero después de días de clases diseñando las reglas, probándolas entre ellos y corrigiendo lo que no funcionaba, cada estudiante terminó por conocer el suyo de memoria — no porque lo repitiera, sino porque de verdad lo comprendía. Esa es, quizás, la diferencia que buscan hacer visible este tipo de instancias: no basta con resolver un ejercicio, hay que ser capaz de explicarlo con las propias palabras.




Una forma distinta de enseñar y de aprender
El cartón viene de cajas que alguien guardó en casa. Las tapas, de botellas que ya se habían tomado. Los envases de yogurt, lavados y vueltos a pensar como dados o fichas. En el Colegio San Patricio esto no es casualidad: es el reflejo cotidiano del sello de Colegio Verde que caracteriza a la comunidad escolar, la costumbre de mirar lo que otros descartan y preguntarse qué más podría ser.
Nadie en el patio habla de "aprendizaje significativo" ni de "metodologías activas". Hablan de turnos, de reglas, de quién va ganando. Pero ahí, entre risas, abrazos y tableros de cartón, está pasando exactamente eso: una educación que no se conforma con enseñar contenidos, sino que invita a los estudiantes a apropiarse de ellos, transformarlos y compartirlos con cariño con el resto de su comunidad.