Prensa CSP
Reutilización de Uniformes Escolares y Economía Circular.
Noticias Verdes
| septiembre 23, 2026

Puntada tras puntada, una nueva vida para el uniforme

Cerca de 60 Forjadores Ambientales del Colegio San Patricio participaron en Proyecto Huella, una iniciativa FAMA 2026 que convirtió uniformes en desuso en una experiencia práctica de economía circular.

Una puntada verde y otra azul

Bajo las manos de los Forjadores Ambientales, aquellas telas comenzaban lentamente a unirse otra vez. Durante años habían sido parte de un uniforme: acompañaron clases, recreos, juegos y jornadas de colegio. Ahora estaban sobre una mesa, separadas de la función para la que alguna vez fueron confeccionadas.

Pero su historia no había terminado

Había que aprender a medir, cortar, enhebrar una aguja y manejar una máquina de coser. También equivocarse, descoser y volver a intentarlo. Cerca de 60 estudiantes de la Academia de Forjadores Ambientales del Colegio San Patricio participaron de este proceso durante la ejecución de "Proyecto Huella: Reutilización de Uniformes Escolares y Economía Circular", Iniciativa Ambiental Local FAMA desarrollada entre abril y septiembre de 2026.

El proyecto nació de una situación que se repite dentro de cualquier comunidad escolar: los estudiantes crecen, cambian de talla y sus uniformes dejan de acompañarlos. Algunas prendas permanecen en buenas condiciones. Otras ya no pueden seguir utilizándose como vestuario, aunque sus telas todavía conserven posibilidades.

Frente a esa realidad, los Forjadores comenzaron una experiencia de reutilización, educación ambiental y participación de la comunidad. El propósito era llevar la economía circular a algo tan cotidiano y reconocible como el propio uniforme escolar.

La primera etapa fue una campaña que invitó a las familias a entregar aquellos uniformes que ya no utilizaban. Después vino una tarea aparentemente sencilla, pero fundamental: observar cada prenda y decidir qué podía ocurrir con ella.

No todo debía pasar por las tijeras

Más de 100 prendas en muy buenas condiciones fueron recuperadas. Esas no fueron transformadas. Pasaron a formar parte del Ropero Escolar, creado para que puedan ser utilizadas nuevamente por otros estudiantes. Las prendas que por su estado ya no podían cumplir su función original siguieron un camino diferente: se convirtieron en materia prima para las actividades de reutilización.

La diferencia estaba en aprender a reconocer que dejar de usar no significa necesariamente dejar de servir.

A partir de ahí comenzaron las manos

Los Forjadores fueron organizados inicialmente en tres grupos de trabajo, que luego rotaron entre sí para que cada estudiante pasara por distintas técnicas y procesos. En una de las mesas, bajo la guía de la profesora Leslie Godoy, un grupo aprendió primero a construir ecoladrillos: bolsas y residuos plásticos compactados hasta volverse firmes como piedra. Con ellos armaron la estructura de un puf. Después vino la parte que a varios les costó más: forrarlo con tela de uniforme, tensando cada trozo, cosiendo a mano los bordes que no cerraban bien. Ahí, entre pinchazos de aguja y puntadas torcidas que había que deshacer, ocurrieron las primeras lecciones de costura.

Con la profesora Claudia Frez, otro grupo limpió y lijó pallets de madera hasta convertirlos en una banca. El trabajo era físico, ruidoso, distinto al de la aguja: lijar, golpear, ajustar. Pero también terminó ahí la tela. Para la banca confeccionaron cojines con género recuperado de los uniformes, y más adelante, con las prendas que ya no daban para nada más, empezaron a elaborar peluches.

Las profesoras Bernardita Arancibia y Angélica Vásquez tomaron otro camino: enseñar los principios básicos de la confección, desde cero. Una manta fue el primer ejercicio, el objeto sobre el que los estudiantes aprendieron a manejar la máquina de coser sin que la tela se atascara o el hilo se cortara a mitad de una línea. De ahí en adelante, aguja e hilo hicieron el resto: aparecieron flores, cintillos, trabas y otros pequeños objetos decorativos, cada uno un poco más certero que el anterior.

Con el avance de las semanas, sobre las mesas comenzaron a acumularse puf, peluches, frazadas, mantas, flores, bolsos, estuches y cojines. Incluso dos contenedores destinados al reciclaje de pilas terminaron revestidos con género de la ropa del colegio.

Pero detenerse solamente en los objetos terminados sería perder una parte importante de lo ocurrido

La economía circular dejó de ser una definición para convertirse en algo que los estudiantes podían tocar. Estaba en una prenda que encontraba un nuevo usuario en el Ropero Escolar. En un retazo convertido en peluche. En los plásticos que formaban un ecoladrillo. En un pallet que, lijado y paciente, empezaba a parecer una banca.

Y estaba también en una habilidad que antes no tenían: seleccionar materiales, reconocer las posibilidades de una prenda, coser a mano, manejar una máquina, diseñar, confeccionar, trabajar junto a otros. El sistema de rotación hizo que nadie se quedara solo con una técnica: todos pasaron, en algún momento, por las manos de las cuatro profesoras.

El término de FAMA no significa necesariamente el final de lo que comenzó durante estos meses.

El Ropero Escolar permanecerá en el Colegio San Patricio como una estrategia de reutilización, recuperando uniformes en buenas condiciones y poniéndolos nuevamente a disposición de la comunidad. Las habilidades adquiridas por estudiantes y docentes quedan también disponibles para nuevas experiencias de transformación textil.

Es ahí donde el nombre Proyecto Huella adquiere otra dimensión

Porque los puf, los bolsos, los peluches o la banca permiten observar lo que hicieron los estudiantes. Pero hay algo más difícil de exhibir: haber aprendido a detenerse frente a aquello que normalmente se desecha y preguntarse si realmente ha llegado al final.

Meses después de aquellas primeras puntadas, algunas telas verdes y azules tienen una forma distinta. Otras ni siquiera necesitaron transformarse y esperan en el Ropero Escolar la oportunidad de acompañar a otro estudiante.

La tela permanece. Cambia su función, cambia de manos, comienza otra historia.

Y quizás ahí esté la huella más profunda que deja esta experiencia: entender que cuidar los recursos puede comenzar con una decisión tan pequeña como dar una puntada más.

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