Una tarde de domingo, mi abuela me pidió ayuda para organizar ese cuarto donde el tiempo parece detenerse; un depósito de objetos que ya no tienen uso, pero sí memoria. Al llegar, me señaló un rincón atestado de cajas y, poco después, el timbre del teléfono la arrastró fuera de la habitación. Me quedé solo, rodeado de polvo y silencio.
Mientras movía los bultos, una caja especialmente pesada, con el nombre de mi padre rotulado en un costado, captó mi atención. Al levantarla, la vieja cinta adhesiva cedió y el contenido se desparramó por el suelo en un desorden nostálgico.
Eran tesoros de otra era: ejemplares de “Mampato”, “Barrabases” y “Condorito”, junto a álbumes cuyas láminas habían sido fijadas con un pegamento ya amarillento. Entre aquel naufragio de papel, uno me cautivó: un ejemplar de “Papelucho”, descolorido y frágil. Tenía las hojas sueltas y el lomo herido por las incontables veces que alguien lo había recorrido.
El libro era un mapa de vidas pasadas. Había anotaciones en grafito y tinta, con caligrafías que mutaban de página en página, como si el dueño hubiera crecido mientras leía. Me senté en el suelo y, sin darme cuenta, la tarde se me escapó entre las manos. Me enojé, sonreí y me emocioné mientras la luz del sol se retiraba de la habitación.
En la última página, encontré una dedicatoria escrita con una elegancia de otros tiempos: “Las emociones y el asombro nunca terminan; un regalo para que los descubras siempre. Con amor, Mamá”.
—Me quedé dormida en el sillón, hijo, se hizo tarde— dijo mi abuela al entrar. Al ver el libro en mis manos, su mirada cambió. —Ese era de tu padre. Se lo regalé cuando se lo pidieron en el colegio, pero la verdad es que era mío. Me lo dio mi madre para un cumpleaños—.
Sus ojos brillaron con el reflejo de una radio antigua y tardes de lectura silenciosa. Me dejó llevarlo con una cariñosa advertencia: "Cuídalo, es un tesoro muy viejo".
Al volver a casa, lo coloqué en la estantería de mi padre, junto a sus libros técnicos y modernos que rara vez veía tocar. Aquel hallazgo despertó algo en mí: pasé la semana siguiente en la biblioteca escolar, devorando cada aventura de “Papelucho” que caía en mis manos.
Días después, busqué a mi padre para ir a la plaza. Me detuve antes de entrar al cuarto al escucharlo reír. Allí estaba él, sentado en el sillón con el viejo libro, "devorando" las hojas amarillentas de su propia infancia con una mirada que no le conocía. Retrocedí en silencio, cerrando la puerta con cuidado, para no interrumpir el reencuentro de un hombre con el niño que alguna vez fue.